Amaba la perfección, inevitablemente. Y aquella figura, inscrita en lo más profundo de sus genes, colmaba sin lugar a dudas las aspiraciones estéticas de su alma atribulada. Aquella curva sin aristas, que llevaba tatuada a fuego en sus entrañas, había dirigido todos sus pasos desde la infancia, pese a las reticencias de su padre. Quiero un aro para dar vueltas a la manzana, dijo un día. ¿No prefieres un balón de fútbol, como el de jaimito? No. A el le gustaba madrugar para pisar la parva, subirse a un costal de cebada y dar vueltas y más vueltas con los trillos hasta que el grano quedaba suelto sobre el prado. Luego, a la caída del sol, iba con el abuelo a regar la huerta. Allí, a lomos de un asno avejentado, seguía dando vueltas y más vueltas a la noria.
A los ocho años le compraron su primer compás. Era un instrumento soberbio, de grandes brazos color cromo y textura satinada, difícil de manejar con una sola mano. Salió a la calle sin soltarlo, con la mirada vacua, contemplando por vez primera su futuro. Exasperando a su madre, permanecía inmóvil junto a la tienda con la vista fija en aquel cruce destartalado, asímetrico y aberrante, que él habría de rescatar de la ignominia cuando llegase su hora.
Años después, tras una espera interminable, se hizo la rotonda, como se aprecia en la foto del satélite.
Pero después hubo que quitarla para que circularan los coches.
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