mamones

  


El sutil e incorpóreo flautista se despereza y un acorde melindroso fluye de las operadoras de telefonía. A la hora convenida, los niños y niñas de españa se aceporran en el sofá con la play, la tele, el móvil, el loro y el bocata de nocilla. Comienza el show que durará hasta la hora de la cena.

Parece ser que uno de cada cuatro de nuestros tiernos infantes tiene ligeros problemas de sobrepeso. Aclarémonos, aunque delgados, 'pesaos' son, y mucho. Pero si además están gordos y comen como una lima sorda, la vida familiar se complica.

Una no sabe qué es mejor. Si una opción es llenarles la tripa a base albóndigas, pollo frito, macarrones, bollos y colesterol. La otra, sin duda más saludable, roza la delgada línea que separa el cariñoso bofetón materno del maltrato a menores.

A los doce años, un niño obeso ocupa plaza y media en el sofá del comedor y sus ventosidades, además de tóxicas, tienen poco que envidiar a las mofetas. Se desplaza penosamente, no cabe en los ascensores, ronca como la turbina de un reactor y gasta mogollón en prótesis de rodilla.

Como contrapartida, en el obrador de un mcdonald no tendría precio. Fue Mr. Swift quien, tras analizar detenidamente el problema, propuso la solución. Corría el siglo diecisiete y la tasa de crecimiento de la población a nivel mundial no había comenzado a dispararse.
En resumen, por delante de los eeuu y a la cabeza de europa.


El País 30/06/2011         La Vanguardia 20/05/2012

veinte de mayo de dos mil doce

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