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Joder juan, dijo el jefe ásperamente, otra vez en la puta papelera. Si no teníamos suficiente con el estagirita, ahora me vienes tú con estas leches. Y es que la cosa no estaba ni mucho menos clara. Frente a la todopoderosa hacienda, él, el humilde, el siervo, se sentía insignificante como una raspa de pescado. Yérguete sobre tu pedestal y mira al frente! gritó de nuevo el jefe, harto como estaba de tanta ñoñería, y haz de favor de controlar los movimientos de estos cabrones, que para esto estás, coño. Era evidente que aquella actitud le enfurecía sobremanera. Hubiera preferido poner a un cátaro, capaz de vender su alma al diablo para no pagar un diezmo. Ah, se dijo para sí, un cátaro escrutaría uno a uno los pasos de los recaudadores esperando que cometieran un fraude. Pero juan no era de esos. Su último informe, un poema interminable, comenzaba despaciosamente: ”Oh bosque de espesuras plantadas por la mano . . . . . . |
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cuatro de mayo de dos mil doce










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