Habida cuenta de que en la trashumancia un animal pierde la tercera parte de su peso, habremos de admitir la enorme ventaja evolutiva que ha supuesto la estabulación de los seres vivos. Bajo un techo de ramas y escobas, al abrigo de unos muros de adobe y con el pesebre atendido, las carnes progresan considerablemente.
Contiguos a los establos disponía la gente los dormitorios, para aprovechar el calor animal y proteger a las bestias durante la noche. En las épocas más crudas se dormía junto a ellas, arrimados a su cuerpo, como hizo el hijo de dios en sus primeros meses. Y esta unión ancestral y telúrica, de la que ahora abominamos, nos ha perseguido a lo largo de la historia grabada en el noventa y nueve por ciento de nuestros tan apreciados genes.
Tras el éxodo rural a las ciudades, arrancando el siglo veintiuno y al amparo del desarrollo urbanístico, hemos regresado de nuevo a nuestras raíces. ¿Qué pensarán las vacas de todo esto? me pregunto. Con los pezones agrietados por la ordeñadora de aspiración y una opereta de mahler sonando a todo trapo, tengo mis dudas de que alcancen a comprender la trascencencia de este momento.
Como nosotros, el animal doméstico tiene también sus genes donde almacena apegos y fantasmas. Y esa secuencia de nucleótidos, que ha terminado por instalarse en el adn humano tras tantos siglos de comer su carne, hace de nosotros, hoy en día, el animal más salvaje entre los seres domesticados.
En las barriadas de reciente construcción, los modernos establos rodean al corral sembrado de gramón con un pozal de agua clorada. En los veranos, mientras las hembras desparasitan sus ingles con las pinzas, las crías chapotean a la espera del pienso. Las más chiquitas sorben desesperadamente las ubres anoréxicas antes de romper a llorar y gatean por la hierba persiguiendo a las vacas. Un poco más allá, los abuelos tantean a la nueva cuidadora bendiciendo su suerte y se afianzan la dentadura antes de esbozar una mueca que recuerda una sonrisa, vágamente.
Gracias a dios y a nuestros gobernantes, todos compartimos ahora una moderna explotación ganadera donde las vacas, atónitas, se tragan el forraje añorando la cálida epidermis humana que antaño extraía la leche y el sonido a meada que producía en el cubo.
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