adaptaciones

  


Yo conocí las primeras adaptaciones curriculares de este país.
Fue en la década de los sesenta, cuando españa comenzaba a desmelenarse al ritmo de los bitels. Superada la reválida de cuarto y con apenas 14 o 15 años los curas, salvo intervención expresa de la familia, decidían a ojo de buen cubero tu futuro académico. Dependiendo de cómo te vieran, continuabas en el dioce para cursar el bachillerato de ciencias o te mandaban al seminario.

El que sabe, sabe, decían, y el que no, a letras. Y de hecho, muchos de los jóvenes que con posterioridad habrían de decantarse por una licenciatura humanística, en su día terminaron el bachillerato de ciencias.

Allí, junto al puente de la vía, presbíteros venerables impartían docencia.
Entre estos descendientes de matusalén perdura en mi memoria don licesio, bajito, entrañable y cegato, que acumulaba tantos años como experiencia. Contaba mi amigo que hacían los exámenes con el libro abierto sobre el pupitre. Bueno, eso las tardes que dejaban desierto al trujillano o al emiliano, un bar pequeño que había enfrente.

Después de esto hubo, por fuerza, que adaptar algunas licenciaturas ‘de letras’. Seguía contando mi amigo que para superar la traducción del libro de las galias toda la clase copió entre líneas la traducción al castellano y se la aprendió de memoria. Nada mal para un primer curso de latín universitario.

Por aquel entonces, la españa más progre se sacudía la grasa rancia de la dictadura corriendo por las calles en pos de la democracia, y la universitas abrazaba el estudio de las consignas francesas. Volvía el trivium, o el cuatrivium si añadimos el derecho al trabajo.
De los que estaban trabajando, claro, no de los que se preparaban para poder hacerlo.

Quizá por ello, las opos para ‘dar clase’, en principio de carácter libre (e igualitario) precisarían también de una cura de adelgazamiento.

En los institutos se opositaba al cuerpo de agregados y aquí la adaptación consistió en examinar a los aspirantes de los libros de bachillerato en vez de contenido propio de la licenciatura. Fueron las tristemente famosas oposiciones restringidas (al ámbito de los interinos que estaban contratados) y se dio la circunstancia, cuando menos curiosa, de que a los pocos que suspendían se les seguía contratando, pese a haber puesto de manifiesto su desconocimiento del temario.

Para la formación profesional se optaba a una plaza de profesor de maestría industrial, de menor prestigio a pesar de la indudable superioridad semántica. En este caso se redujo el temario al 60% respecto a las opos libres de bachillerato, pese a tratarse de puestos de trabajo del mismo nivel e idéntico salario. Cosas de antaño.

Felicitemos ahora a los correcalles a su llegada a la meta. Con el país en sus manos, los recién estrenados gobernantes empezaron a dar caña en todos los ministerios. Y así, en el año 1996 comenzaba oficialmente la novedosa educación secundaria obligatoria.

Herederos y beneficiarios de esta política de adaptaciones, los gobernantes socialistas introdujeron de inmediato las entonces incomprendidas adaptaciones curriculares, que tan buenos resultados les habían dado. Bueno, a fin de cuentas todos tenemos hijos, se dijeron, por si acaso.

Entre ellas, la mejor sin lugar a dudas fue la creación de los grupos de diversificación. Pensados para aquellos jóvenes incapaces de seguir un currículo ya de por sí fácil, en su seno habrían de conseguir, con una reducción significativa de contenidos, los mismos objetivos que el resto del alumnado. Ni david copperfield ni tamariz lo hubieran hecho mejor.

Con los nuevos grupos llegaron las plazas de ámbito, un atajo para acceder a la capital sin transitar la despaciosa senda de los puntos. Lo de siempre.
Naturalmente, ninguna de estas peculiaridades se llegó a reflejar en la titulación obtenida, para no herir la susceptibilidad de la familia, especialmente de la abuela materna.
Rip.




dieciséis de noviembre de dos mil doce

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