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Difícil expresar un sentimiento. Difícil pronunciar una plegaria junto a este recinto extraño que bien podría preservar un cabritillo para ser ofrecido en sacrificio. Así lo dijo un día miranda, mi amigo, antes de entrar a la clase. Han hecho un chivero, dijo. Los bloques de granito sobriamente tallados rematan un muro bajo, también de piedra, que delimita un recinto de no mucha altura y relleno de tierra. Dentro, un árbol ralo y un tubo de riego se yerguen sobre la arena. El tubo de polietileno parece roto e inanimado, esperando un aspersor que traiga la vida y pueble de cardos y amapolas la esquina de la calle. La obra, de formas caprichosas, sugiere la unión de un alcorque generoso con un maltrecho trapecio de lados paralelos a los límites de la amplia acera. El retranqueo bajo el arbolito exige un banco que repare a la tercera edad del esfuerzo de la subida, pero que no lo han puesto, como tampoco están las plantas o arbustos capaces de convertir a este engendro en una jardinera. La largueza que sin duda otorga el uso habitual del erario público es, en manos de quienes habitan el consistorio, fiel benefactora del arte urbano que coloniza fuentes y rotondas. |
tres de abril de dos mil trece



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