cincuenta años de

  


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Al finalizar mi actuación, decido borrar la pizarra.
Mi nombre es jmtf. Conocí este instituto en su esplendor, con cerca de mil alumnos en diurno y algo menos de la mitad en el turno de noche. Eran los tiempos del bup, aquel bachillerato que parecía tener (y que el tiempo se encargaría de demostrar) algo de lógica.

También eran tiempos en los que las materias clásicas mantenían su estatus, los jóvenes, afectados de una educación exquisita, se mostraban respetuosos y nos aparentaban cierto cariño y aprecio. Incluso estudiaban. No sé, lo mismo era puro teatro.

Recuerdo mis primeras fiestas del centro. Dos o tres días sin clase, las tardes de teatro, música, competiciones entre alumnos y profesores y los soportales poblados de puestos no sé qué. Mientras los profes ‘huesos’ vestían su mejor sonrisa y recibían con aquiescencia el cariño de los jóvenes, yo deambulaba por los patios un poco despistado, tratando de hacerme un huequecito en aquella congregación que habría de ser mi familia. También había un ágape, claro. Y algarabía, mucha algarabía.

Incapaz como soy de nombrar a todos los compañeros y amigos que han dejado su afecto pegajoso impregnándolo todo, sé que no debo recordar a ninguno. Pero ello que no impide que mi memoria se demore un instante en el humo de un pitillo que, tras unos labios de carmín rojo y cabellera rubia, traía a la sala de profes una prestancia antigua y ya perdida, de celuloide. Entonces, junto a jessica lange, comencé la que sería mi última etapa de fumador activo.

En aquella época todos teníamos algo más de pelo y la cubierta del instituto más tejas de pizarra, y todo ello ayudaba a protegernos de las frías lluvias del invierno. Treinta años después vemos caer las aguas por las grietas de techo y colarse hasta los entresijos del alma. Ahora, a nuestra edad provecta, esta lluvia plomiza cargada de indiferencia, de falta de ilusión y carente de futuro, nos deja devastados, tanto, que llegamos al toque de campana arrastrándonos penosamente entre los humedales que se van formando en las aulas de nuestro Isabel de Castilla.

Si el ilustre gobernador que inaugurara el centro volviese a las aulas sentiría de nuevo aquel olor fresco de la juventud perdida: ante sus ojos la misma pizarra con los mismos teoremas, idénticas fórmulas y las mismas fechas de reinados y batallas. Ah, sí, recordaría deleitándose en el recuerdo, ‘miré los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes, ya desmoronados…’ Pero es el efecto de la presbicia el que confunde al viajero del tiempo. Si se acercara un poco más al texto escrito podría ver los últimos versos hechos jirones, fórmulas rotas y frases inacabadas. ¿Qué fue del teorema de riemmann- roch, de los devaneos de plauto, de las disquisiciones de kierkegaard, el filósofo del estreñimiento?
La nimiedad de lo allí escrito le desconcierta y rompe su ropa tratando de pasar inadvertido. Se pone la gorra, sube el volumen del loro y araña un poco la pintura verde del pupitre. Al timbre sale oculto entre sus compañeros, salta las vallas y corre al callejón a echarse un pito.

El árbol de la ciencia es ahora una antena que transporta datos en una procesión ordenada y precisa. La barca del saber quedó varada en aquel tiempo sin ‘eso’ y, día a día, la singladura de los jóvenes es un ir y venir por una tierra de nadie. Tras los avances conseguidos año tras año en materia educativa y una ratio de alumnos que debería propiciar un aprendizaje eficiente, quién no se declara incapaz de asumir el desastroso nivel de competencia de la mayoría de los jóvenes. Quizás por ello, nuestros celosos gobernantes quieran devolvernos a ese tiempo pasado que siempre fue mejor; quizás, ante el fracaso de la calidad, hemos de volver a la cantidad: más horas de docencia y de nuevo la masificación en las aulas.

Retrocedamos cincuenta años. Las fotos en blanco y negro muestran los cimientos sólidos sobre los que asentaron los sillares de la educación y que, últimamente, las no menos de tres leyes generales han poblado con grafitis y faltas de ortografía. Seguro que con ello recuperaremos el prestigio que antaño tuvo la enseñanza pública y nos será restituida esa autoridad eficaz y discreta que emanaba de un profesor en su aula. Rip.

[Artículo menor solicitado por 'antoñito' para la revista literaria de mayo de 2012. Perdón por el atrevimiento.]

seis de febrero de dos mil trece

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