pasos de cebra

  


Abatido por la calma chicha de la tarde de julio, las catalpas del paseo son la única esperanza. Allí, sentado bajo su sombra pringosa, dejo caer la tarde mientras acompaño a mi madre. Adormecido, reparo en un poste de tráfico que señala la presencia de un paso de cebra. Es un paso atípico, quebrado, que produce un cierto desasosiego la primera vez que lo cruzas.

Si vas en dirección sur, tomando como guía el embaldosado rojo de topos que informa de su existencia, irás de lleno a tropezarte contra ese poste inoportuno, avieso y cruel, que, no obstante, parece haber sido colocado para facilitar las cosas. Allí, en las tardes de borrasca, si entrecierras los ojos puedes contemplar a un ciego que camina deprisa de la mano de un joven mal vestido.

- Tío, la calzada está mojada y los vehículos circulan con prisa; mas si queréis, yo veo por donde podamos atravesarla sin correr ningún riesgo.
Le pareció buen consejo y dijo:
- Llévame pues al lugar donde sea más seguro, que no es de personas cabales correr riesgos innecesarios.
Yo entonces le conduje hasta allí, sobre las baldosas de salientes redondos, donde él se halló muy confiado.
- Tío, este es el paso de cebra que nos cae más cerca. Démonos prisa y crucemos la calzada.
Como llovía recio, y el triste se mojaba, y con la prisa
que llevábamos de salir del agua que encima nos caía, y lo más principal, porque dios le cegó aquella hora el entendimiento, se fió de mí y me dijo.
- Ponme bien derecho, y crucemos de un vuelo.
Yo le puse bien derecho enfrente del poste, y tomándolo del brazo me apresuré a tomar . . .

Pasada media hora salgo del letargo y miro de nuevo el paso de cebra. En dirección norte, saliendo del hospital, las franjas blancas te llevan directo a la entrada de un garaje tras atravesar la acera ensanchada que ahora conforma un bulevar pequeño. El chaflán del bordillo, que allana el camino a una silla de ruedas, es en realidad el acceso de vehículos a la cochera.

Por increíble que parezca, coches y peatones comparten la misma senda, señalizada expresamente. Otra manifestación más de la excelencia de nuestros munícipes que habitan el consistorio, pero no la única.

Frente al arco de la santa, en el paseo del rastro, se aprecian, de manera notoria y talladas en la piedra, las bandas del primitivo paso de peatones, ahora desplazado unos metros cuesta abajo.
En su momento, esas bandas blancas encaminaban a las recuas de turistas directamente al arco y con frecuencia confluían coches y personas, chatarra y tercera edad, bajo el dintel de la puerta de acceso a la muralla.




uno de noviembre de dos mil doce

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