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Más allá de la leche de la madre, todo termina por ser una droga. Blanda como una fruta madura, o no tanto como una tira de panceta frita. A los infantes recién destetados se los introduce en este mundo de placer a traves de los derivados del petróleo. Gusanitos, lombrices, cocacolas, huevos y toda suerte de objetos de consistencia gelatinosa. Ellos lo saben y por eso lo agradecen con un beso pegajoso que te marca con un olor penetrante. Después, vendrá el resto. Veinte años atrás, tabaco y tocino competían por enriquecer los niveles de colesterol y el alcohol se encargaba de redondear la faena. Hoy, tras la renovada liturgia de la transustanción, el descafeinado beicon no aporta las calorías precisas para soportar la movida y nuestros tineyers filtrean con el cártel sudaca para cambiar de marca de cigarrillos, esas nuevas labores de la tabacalera que desatan la lengua y propician el intercambio de otros fluidos orgánicos. Pero a medida que el placer se intensifica el sabor se torna cada vez más acre, y superar los desengaños e insatisfacciones precisa de un último washapp al nuevo continente antes de que alguien cancele tu conexión de datos. Con ánimo de prevenir, los poderes públicos organizan juegos escolares en un último intento de distraer la atención de los jóvenes. Da comienzo, así, un maratón de partidos interminables que termina por aburrir a los progenitores. A pesar del hartazgo que ello supone, tras dejar el vestuario abrazan a la criatura con gesto autosuficiente, ignorantes de que la ambigua fisonomía del atleta, fibrosa y carente de grasa, alcohol y nicotina, precisa de otras dosis que disparen el nivel de adrenalina y reduzcan significativamente su tiempo de respuesta. Se distribuyen al lado de los colegios. |
[Fotografía tomada en junio de 2001]
dieciséis de agosto de dos mil doce

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