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Quizás sea el momento de pedir a nuestros pulmones un último esfuerzo para seguir filtrando los aromas del cigarrillo y devolver a la atmósfera un humo libre de alquitrán y nicotina. No sé. Tras la bronquitis, el enfisema, el cáncer de pulmón y otras molestias derivadas del tabaquismo, a la cola de una cadena que comienza con la estanquera pechugona, el almacenista y el importador de tabaco, es posible que un campesino humilde esté regando, azada en mano, una planta de tabaco. Dicen las oenegés que, en épocas de crisis, la solidaridad se dispara y surgen voluntarios que llegan con un kilo de arroz bajo el brazo y se ofrecen para atender los comedores sociales. Eso daban al menos en la tele, no hace mucho, al tiempo que la cámara mostraba una fila de personas bien vestidas, algunas con traje, que hacían cola para comprar la lotería. Al salir del comedor, no pocos prendían un pitillo y aspiraban esa humareda rica, rica. Los que menos tienen, y los que no tienen nada, andan siempre con el pito en una mano y en la otra un cartón de vinacho. No hay crisis que alcance a detener esta pandemia de mísera solidaridad que, a la postre, da de comer al temporero que escarda la planta de tabaco y azufra las vides. Digo yo que ya vendrán tiempos mejores para abrazar las consignas ortoréxicas. En época de crisis no es conveniente abandonar los vicios. El aperitivo del mediodía, la tapita de colesterol e incluso un vaso de gaseosa pueden obrar el milagro de conservar el empleo de un camarero para que atienda las mesas. Quizás el de ese chico venido de otro continente y que pasó por las aulas de diversificación, del que sus profes se sienten orgullosos. El omnímodo poder del gobierno no alcanza a exterminar todo rastro de vida comercial en españa, y se precisa de la colaboración espontánea de una nueva estirpe de oenegés que compra la litrona en un chino y hace botellón en el mercado grande. Con los principios, la ética y el ego de estos nuevos salvadores de la patria habrán de liquidar el iva trimestral los restauradores de raza avileña, que ni bajando el precio de la cena a veinte euros van a conseguir cerrar el año con una cierta decencia. En opinión de algunos, antes de que la situación empeore, deberíamos sobreponernos a la pérdida de nuestra ya familiar extra de navidades, y dar gracias al señor por conservar las otras trece. No dejemos de fumar, por favor, nosotros, los últimos propietarios de una nómina mensual en este país de nuevos ricos, aunque podamos, para ir abriendo boca, abandonar el chéster americano y regresar al genuino celtas sin filtro, el que los cantautores sujetaban entre las cuerdas de la guitarra mientras invocaban la democracia y el derecho a elegir a nuestros gobernantes. Estos que ahora nos afanan la pasta. |
[Once días ha que un cartel en la sala de profes de mi instituto invita al profesorado a una cena austera, en el campo, a la vez que los organizadores exponen su intención de no acudir a la 'cena institucional' que, como cada año, reúne a los profes por navidad. Hay algo en mí que no alcanza a comprender los principios que aducen para ello, ni la relación que ven entre la pérdida de la extra con la actividad consuetudinaria de los bares de nuestra capital. Es que ya no van a volver a tomar ni una cañita más para protestar por el atropello del gobierno?]
veintidós de diciembre de dos mil doce
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